Sobre maestros de ceremonias y transmisión de experiencias y conocimientos

Dentro de unos meses viajaré a una universidad centroamericana para hablar de algo que me apasiona últimamente: la Comunicación 2.0. El viaje (del que, prometo, os daré detalles más adelante) se presenta venturoso: estoy recibiendo muy buenas vibraciones y muestras de profesionalidad de esta universidad que ha contactado conmigo desde el otro lado del mar.

Yo no soy un experto y no pretendo serlo. Soy profesor (y lo digo con mucho orgullo). Y un profesor, etimológicamente, es el que profesa, el que muestra su fe en algo. Es algo así como una correa de transmisión: lleva conocimientos y experiencias de un lugar a otro. Muchas de estas experiencias le han ocurrido a él mismo, dándole un interesante bagaje. En mi caso, puedo decir que en la clases aporto muchas experiencias que me han ocurrido en mis etapas profesionales.  Pero, sobre todo, un docente es y debe ser un maestro de ceremonias, un introductor o, mejor dicho, un traductor de conocimientos. Me explico: el conocimiento está ahí, en enciclopedias, en libros, en cuadernos, en conferencias, en Internet. Sí, sobre todo, últimamente, en Internet. El saber está ahí al alcance de todo el mundo y, más o menos, es fácil dar con él y asimilarlo.

¿Qué hace un profesor? En primer lugar, lo lleva a distintos públicos. Escucha, atiende, detecta cuáles son los deseos, carencias, puntos débiles y fuertes del alumno. Y, luego, transforma esa información para que el alumno la asimile mejor: a veces le da la vuelta, cambia ejemplos, recomienda bibliografía para tal o cual caso como si de un medicamento se tratara. En muchas ocasiones, aunque el grupo de alumnos sea grande, el docente debe hacer tratamientos muy personalizados, debe atender persona a persona, teniendo en cuenta sus circunstancias y capacidades. Todo, con tal de que el alumno sea capaz de amar la materia.

Luego, el profesor pone a disposición del alumno sus fuentes de información, sus fuentes propias, a veces personales. Así, cuando él no esté, el alumno puede seguir alimentándose, recibiendo información. No cito aquí mis fuentes personales porque ya he hablado de ellas en alguna ocasión y ellos ya saben quiénes son.

Recuerdo un profesor que tuve en el Instituto San Isidro. Se llamaba Fernando Fandiño y fue uno de los mejores que tuve en Literatura (no quiero dejar de acordarme de Marga, también en Literatura; de Filomena, en Filosofía; de Mª Ángeles y Rosa en Griego). El caso es que Fernando no era escritor o por lo menos no iba de ello. Tampoco iba de experto en Literatura. Pero cuando nos hablaba de ella, os juro que por arte de magia traía con nosotros, allí, a clase, a Pío Baroja, a Antonio Machado, a Luis Cernuda. Hablaba con tanto cariño de la palabra escrita que, cuando leímos El árbol de la CienciaLa busca, creímos que Pío Baroja había escrito esas novelas sólo para nosotros

Tengo el objetivo vital de buscar a Fernando y darle las gracias por todas aquellas clases.

Fernando, Marga, Filomena, Mª Ángeles, Rosa. Y tantos profesores que tuve luego en la carrera. Ninguno iba de experto, pero todos demostraban su amor por aquello de lo que hablaban.

Dios mío, tengo la mejor profesión del mundo.

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Acerca de Juan Pedro Molina Cañabate

Profesor del Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid. www.MolinaCanabate.com
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6 respuestas a Sobre maestros de ceremonias y transmisión de experiencias y conocimientos

  1. Una buena reflexión. Una de las cosas que más notan los asistentes a una sesión de transmisión de conocimiento (conferencia, clase, ponencia, debate, etc) es si la persona conoce el tema y su actitud frente al mismo.

    La emoción que transmites cuando te gusta tu tema hace que el proceso de aprendizaje sea más efectivo (caso de los profesores que comentas) y por lo tanto que ese motor de transmisión funcione.

    Supongo que el mismo mecanismo de transmisión es aplicable a la imagen de empresa: dependiendo de cómo hablen los empleados de la empresa, su imagen se nos quedará mejor o peor.

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  2. Juan Pedro dijo:

    Gracias por el comentario, David. Evidentemente, conocer el tema del que se habla es el primer paso. Eso se da por supuesto.
    Un saludo.

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  3. Yoyo Corleone dijo:

    Hola a todos,

    Estoy completamente de acuerdo con este post y por eso me muestro a favor del proceso de Bolonia, en el que el profesor adoptará una función de mero transmisor de conocimiento.

    Sin embargo, aunque a lo largo de mi época estudiantil descubrí a profesores que me llevaron a amar una materia -entre todos ellos sobresale Crescente, profesor de Latín e Historia Clásica- fueron muchos más los que pasaron sin pena ni gloria en todos estos años.

    Considero que la docencia es algo vocacional y que ni cientos de carreras ni modelos de educación crean buenas profesores, sino el simple interés de compartir algo con alguien, de ahí el gran interés que están despertando fenómenos como las redes sociales en Internet, donde la gente se limita a contar ciertos temas al resto de usuarios.

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  4. Juan Pedro dijo:

    Hola, Yoyo:

    La docencia se basa en la vocación de servicio. Y la vocación de servicio es todo lo contrario al ego. Creo que en el proceso de aprendizaje todos, todas las partes, debemos abandonar nuestros egos.

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  5. AGUSTIN dijo:

    Hola Juan Pedro: por casualidad he encontrado tu reflexión navegando y he de decirte que comparto contigo lo que sientes, además yo también fuí alumno del Instituto san Isidro allá por finales de los 70 y tuve la fortuna de recibir clases de Fernando Fandiño, fué tanta la influencia de Fernando, que estudié Literatura en la U. Complutense de Madrid, por el amor que me infundió a lo literario. No podría leer hoy un verso de Garcilaso de la Vega, sin rememorar a Fernando Fandiño. Decliné seguir el camino de la docencia, pues ya presentía entonces, los derroteros que seguiría la enseñanza. Creo que lo importante de un profesor, es que despues de treinta años, su recuerdo y sus enseñanzas todavía evoquen la emoción en sus alumnos.

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    • Juan Pedro dijo:

      Hola, Agustín. El caso es que me encantaría encontrale de nuevo, darle un abrazo y decirle cuánto le debo. Me alegra que te hayas pasado por aquí y que hayas dejado el mensaje. Para lo que quieras, ya sabes dónde estoy…

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