Casi se me atraganta el café. Me consta que la Federación Española de Fútbol cuenta con un buen departamento de comunicación y buenos profesionales. Y, lógicamente, tienen razones para restringir el uso de las redes sociales a los jugadores. Sé que Twitter ha dado algún que otro problema a los jugadores de la selección. Por supuesto, aquí no vamos a dar clases de comunicación a nadie. Pero me extraña sobremanera la prohibición y pido disculpas si alguien se siente ofendido.
Quizá porque los jugadores viven en parte de su imagen pública y de la relación con los aficionados. Además, no puedes firmar un patricinio con un sponsor de Telecomunicaciones y no comunicar (!!!!!!)
Como buenos mediterráneos que somos, nos gusta ir de un extremo al otro sin pasar por el centro. Pero, señores, existen las soluciones híbridas.
Casi con toda probabilidad, los responsables de comunicación de la Federación hayan barajado diversas soluciones alternativas antes de prohibir el uso de herramientas cotidianas. Yo trabajé durante algunos años como Director de Comunicación de la Feria del Libro de Madrid y, a veces, hay razones por las cuales no se puede comunicar. Son razones que el gran público no sabe y que tampoco comprendería si supiera (que un autor no quiere firmar por fobias personales, por ejemplo, o que no quiera decir de qué va ir su conferencia…)
Pero se me ocurre, por ejemplo, que en vez de prohibir se podría restringir el uso de las redes sociales a determinadas horas del día, hacerlo de una forma conjunta, para que el grupo de jugadores hablaran, conversaran con los seguidores. Este proceso estaría tutelado por alguien de comunicación.
En fin, digo todo esto porque la palabra prohibir me da escalofríos. Recuerdo que, en mis años de estudiante de Periodismo, había colgado un cartel en la cafetería de la Facultad: “Prohibido jugar a las cartas”. Y, sí, chicos, era verlo y me entraban unas ganas enormes de tomar la baraja y empezar a jugar al poker…
Desde hace unos años tengo la sensación de que vivo en una comedia de enredo, disparatada, friki, muy friki, sin pies ni cabeza. Incluso en el ámbito que nos reúne en este blog, la Comunicación Corporativa. En cierto modo, este tótum revolútum me gusta y me parece divertido. Empiezo a entrar en una edad en la que dejo de tomarme las cosas en serio. No puede ser de otra manera cuando, además, me doy cuenta de que de esta forma aprendo muchas más cosas.
No sabía explicar cómo era esta comedia de enredo hasta que leí Convergence Culture, de Henry Jenkins. El libro trata, entre otros asuntos, de la convergencia mediática, la cultura participativa, el fenómeno fan y la inteligencia colectiva.
Dice Jenkins (las negritas son mías):
“Bienvenidos a la cultura de la convergencia, donde chocan los nuevos y los viejos medios, donde los medios populares se entrecruzan con los corporativos, donde el poder del productor y el consumidor mediáticos interaccionan de maneras impredecibles. La cultura de la convergencia es el futuro, peo está cobrando forma en nuestros días. Los consumidores serán más poderosos en el seno de la cultura de la convergencia, mas sólo si reconocen y emplean ese poder como consumidores y ciudadanos, como participantes cabales en nuestra cultura”.
Me encanta.
Para Jenkins, la cultura de la convergencia no sólo es una cuestión tecnológica, sino psicológica. El ser humano asume, adopta, absorbe la información que le viene por múltiples canales para elaborar un bagaje, una cultura propia. En el siguiente vídeo se explica bien:
Afirma, además, que los productores y los consumidores interaccionan. Estos últimos tienen más poder que antaño y son capaces de hacer evolucionar un producto, alterar el guión de una serie, escribir secuelas de películas o libros que les hayan gustado:
“El término cultura participativa contrasta con nociones más antiguas del espectador mediático pasivo. Más que hablar de productores y consumidores mediáticos como si se desempeñaran roles separados, podríamos verlos hoy como participantes que interaccionan conforme a un nuevo conjunto de reglas que ninguno de nosotros comprende del todo. No todos los participantes son creados iguales. Las corporaciones, e incluso los individuos dentro de los medios corporativos, ejercen todavía un poder superior al del cualquier consumidor individual o incluso al del conjunto de consumidores. Y unos consumidores poseen mayores capacidades que otros para participar en esta cultura emergente”.
Jenkins avisa que estamos viviendo los últimos latidos de un viejo sistema. Vendrá otro y tendremos que estar preparados:
En el libro se habla de dos términos clave en el desarrollo de la comunicación humana y, por lo tanto, también de comunicación corporativa: inteligencia colectiva y multitudes inteligentes.
El término “inteligencia colectiva” fue acuñado por Pierre Lévy. Puede tener varias interpretaciones. En términos generales, el término intenta explicar que la colaboración, el debate y la ayuda entre individuos especialistas saberes particulares, específicos, microsaberes, conforman una supra-inteligencia. Ésta puede ser una nueva forma de poder o una oposición a la autoridad imperante.
“Multitud inteligente” es un término de Howard Rheingold. Tiene una base tecnológica: los individuos, estando conectados, son capaces de dar una respuesta rápida y colectiva a un determinado problema. Un ejemplo de acción de una multitud colectiva es la circulación de mensajes por teléfonos móviles u otros medios para, por ejemplo, realizar una protesta social.
¿Cómo afecta esto al periodismo y a la comunicación corporativa? De ello hablaremos en el siguiente post.